Me acostumbré a buscar en mí
aquello que quizá nunca estuvo mal.
A pensar que, si hubiera sido distinta,
si hubiera pedido menos,
si hubiera sabido querer mejor,
alguien habría elegido quedarse.
Y me fui perdiendo
entre todo lo que podía haber sido,
intentando encontrar mi lugar
en alguien que nunca terminó de hacerme sitio.
Qué difícil es aceptar
que puedes darlo todo
y seguir sintiendo que te falta algo.
Quizá lo que más duele
no es que alguien deje de elegirte,
sino empezar a mirarte
con los mismos ojos
con los que sentiste que no eras suficiente.
Y ahora intento aprender
que no necesito ser otra persona
para merecer que alguien se quede.
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