A veces decimos demasiado
a bocas que solo saben oír su propio eco,
dejamos el alma temblando en la mesa
y del otro lado nadie se sienta a sentirla.
Hablamos como quien se quita la armadura,
como quien ofrece el cuello al viento,
y recibimos miradas que pasan de largo,
manos que no saben quedarse.
No es que no escuchen,
es que no saben como entrar,
porque escuchar de verdad
implica tocar lo que también duele.
Y aun así lo hacemos.
Seguimos hablando con el pecho abierto,
esperando que algún día alguien
no solo oiga nuestras palabras,
sino que las abrace y se quede a vivir en ellas.
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