Jamás pensé que tus manos,
las mismas que aprendieron mi calma,
pudieran aprender también el peso de lo que no era tuyo.
Creí en tu forma de mirarme,
en tu manera de decir mi nombre
como si fuera un lugar seguro,
y ahora descubro que algunas promesas
solo saben abrir puertas que no saben cerrar.
No me duele lo que se fue,
me duele quién te volviste al irte,
esa versión tuya que yo no amé,
esa sombra que aprendió a tomar
donde antes decía cuidar.
Camino con el pecho apretado,
no por lo perdido,
sino por la ilusión que me arrancaste primero.
Porque el dinero se recupera, dicen,
pero la fe en alguien
tarda mucho más en volver a casa.
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