Él la ve desequilibrada.
Demasiado sentir, demasiada intensidad,
demasiada verdad sin filtro.
Ella lo ve distante,
con el cuerpo presente
y el control siempre alerta.
Él duda.
No lo dice, pero pesa.
La mira como quien decide
si algo merece romperse.
Ella se siente juzgada.
Como si amar fuera un exceso,
como si sentir fuera un defecto.
Y así, sin gritos ni golpes,
el respeto empieza a desgastarse.
Lo que queda se parece demasiado
a quedarse por miedo y no por elección.
Y el miedo a soltar
empieza a llamarse amor,
aunque duela
como una despedida lenta.
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