Hoy he aprendido
que el amor no siempre se queda.
Que a veces ama tanto
que tiene que abrir las manos
aunque el pecho se rompa un poco.
Chía llegó en verano,
sola,
hambrienta,
con miedo,
con la vida empujando desde dentro.
Mi huevito Kinder.
Una promesa cerrada que no sabía
que al abrirse iba a cambiarlo todo.
En casa ocurrió la magia.
Una semana después el mundo empezó a brillar distinto
con ojitos cerrados y latidos nuevos.
Dos Colores, Oscurito, Blanquito.
Hogar.
Ruido suave.
Fueron amor sin defensa.
Hoy me despido de Dos Colores y Blanquito.
No por falta de amor,
sino porque no puedo sostener siete vidas
con este cuerpo,
con esta casa,
con este mundo.
Esto se queda en mí.
Como se quedan las cosas sagradas.
Y sé, sin duda alguna,
que esto
[este verano, esta gata, estos bebés prestados]
ha sido una de las cosas más bellas
que voy a vivir.
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